jueves, 15 de octubre de 2015

La verdad que no duele ni hiere

Es frecuente escuchar acerca del poder de la mente. Esta vive en un contínuo parloteo y los pensamientos, que no son otra cosa que palabras no pronunciadas verbalmente, van moldeando nuestro nuestro estado de ánimo, nuestros hábitos y nuestra conducta. Y es que las palabras no solo tienen el significado que uno puede encontrar en frío en un diccionario, sino que conllevan la carga emocional que le hemos dado por nuestras propias culturas y por el tamiz personal que las colorea de acuerdo con nuestras creencias.

No somos cuidadosos al hablar. Lo que decimos y cómo lo decimos puede construir o destruir. Puede sanar o enfermar. Puede pacificar o violentar. Así de simple.

Traigo una pequeña narración árabe para nuestra reflexión:

Una sabia y conocida anécdota dice que en una ocasión, un sultán soñó que había perdido todos los dientes. Después de desperta, mandó llamar a un adivino para que interpretase su sueño:

-¡Qué desgracia mi señor! (exclamó el adivino); cada diente caído representa la pérdida de un pariente de vuestra majestad.

-¡Qué insolencia! (gritó el sultán enfurecido); ¿Cómo te atreves a decirme semejante cosa? Fuera de aquí.

El sultán llamó a su guardia y ordenó que le dieran 100 latigazos al adivino. Más tarde ordenó que le trajesen a otro adivino y le contó lo que había soñado. Este, después de escuchar al sultán con atención le dijo:

-¡Excelso señor! Gran felicidad os ha sido reservada. El sueño significa que sobreviréis a todos vuestros parientes.

Iluminose el semblante del sultán con una gran sonrisa y ordenó que le dieran 100 monedas de oro.

Cuando este salía del palacio, uno de los cortesanos le dijo admirado:

-¡No es posible! La interpretación que habéis hecho del sueño es la misma que el primer adivino. No entiendo por qué al primero le pagó con 100 latigazos y a tí con 100 monedas de oro.

-Recuerda bien, amigo mío (respondió el segundo adivino); que todo depende de la forma en el decir. Uno de los grandes desafíos de la humanidad es aprender el arte de comunicarse. De la comunicación depende, muchas veces, la felicidad o la desgracia, la paz o la guerra. Que la verdad debe ser dicha en cualquier situación, de esto no cabe duda, más la forma como debe ser comunicada es lo que provoca, en algunos casos grandes problemas. La verdad puede compararse con una piedra preciosa. Si la lanzamos contra el rostro de alguien puede herir, pero si la envolvemos en un delicado embalaje y la ofrecemos con ternura, ciertamente será aceptada con agrado.

Dicho de otra manera, este sabio consejo de Maharshi Majesh Yogui: "di la dulce verdad... pero di la verdad dulce".

Al hacer este artículo me acordé de un caso judicial en donde el juez antes de sentenciar al acusado le preguntó:

-No entiendo el por qué usted se ensañó tanto con esa mujer para causarle la muerte a puñaladas por el simple comentario que le hizo.

-No fue por el comentario en sí señor juez (respondió el acusado). Fue por ¡el tonito con que me lo dijo!
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